La búsqueda de los desaparecidos del Jemer Rojo, treinta años después

16. mayo 2011 | Por | Categoria: Camboya, En portada, Jemeres Rojos


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Un hombre lee una revista donde ha insertado un anuncio para buscar a su hija desaparecida durante los Jemeres Rojos.

Ea Khunly vio a su hija por última vez en 1975. «Me destinaron a trabajar a una unidad móvil, en Battambang, y me tuve que separar de la familia». Camboya acababa de caer en manos de la guerrilla comunista, más conocidos como los jemeres rojos, y llegaban las primeras medidas para instaurar el nuevo sistema económico. Las familias fueron evacuadas de las ciudades y muchas de ellas, como la de Ea Khunly, separadas.  

Sus tres hijos y su mujer fueron también destinados a diferentes puntos de la geografía camboyana y no tuvieron noticias los unos de los otros durante todo el régimen. Con la caída del Jemer Rojo, en 1979, comenzó la búsqueda de Khunly para recuperar a su familia. Al poco tiempo consiguió dar con uno de sus hijos, pero los demás se desvanecieron en la nada y los dio por muertos.

Veinte años después, un americano llegó hasta su casa en Phnom Penh con una carta para él, firmada por su hijo mayor, Chann Bona, quien había obtenido la condición de refugiado en Estados Unidos tras la caída del régimen. Eso le devolvió la esperanza de encontrar a su tercera hija, Sovanny, quien tenía tan sólo cinco años cuando se separaron.

En 2009, empezó a poner mensajes en radio y televisión y anuncios en periódicos y revistas, algo que también han hecho otros miles camboyanos que durante los últimos años han recomenzado la búsqueda de sus seres queridos. Khunly ha tenido más dificultades, porque su hija era muy pequeña y porque no le ha quedado ninguna fotografía de ella.

«Se lo llevaron todo, no me dejaron ningún recuerdo de ella, sólo lo que queda en la memoria», asegura.

Durante los escasos cuatro años de gobierno de los jemeres rojos, casi dos millones de camboyanos perecieron por purgas políticas o por las duras condiciones de trabajos forzosos y falta de comida que impuso el régimen comunista.
La mayor parte de los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes y no pudieron ser identificados, por lo que muchas personas dieron por muertos a sus familiares sin tener una prueba fehaciente de su muerte.

Treinta años después algunos han recuperado la esperanza y algunos pocos han conseguido reencontrarse.

«La gente se ha visto animada por el desarrollo de las tecnologías, porque ahora los mensajes llegan más lejos. No es que antes no buscaran, pero no sabían cómo», asegura Socheat Nhean, director de la revista «Buscando la verdad», uno de los pocos medios que les permiten difundir estos mensajes de forma gratuita.

«Todavía hay gente que consigue encontrar a sus familiares, pero es muy difícil. Muchos viven en el extranjero y otros se han cambiado de nombre», continúa Nhean, quien cree que habrá más reencuentros cuando el uso de internet se generalice en el país.

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Lon muestra una foto antigua de su familia, donde aparece su hermano Heng.

Ngov Chiep Lon primero quiso olvidar y durante años no habló de Heng, su hermano, ni del resto de la familia, muchos de los cuales fueron asesinados delante de sus propios ojos.  

«Tenía 14 hermanos, pero sé que todos los demás están muertos. Ocho los asesinaron en un mismo día. El único que tengo la esperanza de que siga vivo es él», asegura mientras muestra un retrato desgastado de toda la familia, donde Heng apenas tiene seis años y va vestido con el uniforme del colegio.

Un día se desempolvó la tristeza y se puso a buscar a Heng, a quien había visto por última vez en 1974, cuando éste fue a trabajar a una zona fronteriza con Tailandia dominada por la guerrilla comunista. No volvió a saber nada de él hasta el final del régimen, cuando Lon fue desplazada a la frontera con Vietnam donde recibió esperanzadoras noticias sobre la suerte de su hermano.

«Alguien me contó que lo habían visto unos meses antes y que planeaba escapar, pero luego no se supo más de él», asegura.

Entonces, no dudó en coger su bicicleta y pedalear durante dos días seguidos para intentar encontrar a su hermano en la casa familiar situada en la provincia de Pursat, en el centro del país. La casa estaba vacía, pero no perdió la esperanza y ahora se sirve de los medios para intentar conocer su paradero. «Es el único hermano que quizá me quede. Necesito encontrarlo», afirma mientras intenta reprimir una lágrima.

Nota: este texto es una adaptación de un texto publicado por Efe

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One comment
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  1. Recientemente he leído el testimonio «el infierno de los jemeres rojos». Impacta.