El peligroso oficio de los buscadores de gemas

5. noviembre 2011 | Por | Categoria: Destacados


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No sé si alguna vez os habéis preguntado de dónde salen esas pequeñas piedras que decoran pulseras y collares. En realidad puede proceder de mil sitios diferentes, aunque muy probablemente compartan una característica: alguien se habrá jugado la vida para conseguirlas. En la provincia camboyana de Ratanakiri, nombre que se traduce como montaña de piedras preciosas, las minas son poco más que agujeros verticales, de unos 12 metros de profundidad, por los que se deslizan los buscadores de gemas. Son, en realidad, mucho más seguras que las minas tuneladas que causan tantas desgracias en países como en China, pero los trabajadores no disponen de ningún sistema de sujeción que los salve de las caídas. Esta vez la culpa no es de ningún empresario malvado, ellos son sus propios jefes y, quizás, por eso, deciden ahorrarse una dólares en cuerdas.

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Para bajar, afianzan sus pies desnudos en pequeñas cavidades que han escarbado en las paredes de tierra del pozo, a modo de escalera, y por la que descienden hasta el fondo. «Ahora es más fácil que al principio, pero hay días en que las paredes resbalan mucho y no es sencillo bajar», asegura Vat, un joven de 21 años que lleva dos ganándose la vida en las minas. Una caída puede suponer la rotura de unos cuantos huesos, pero también la muerte. «Es demasiado peligroso. En los dos últimos meses han muerto ya siete personas por haberse precipitado al suelo», continúa Vat, vestido con unos pantalones y una camisa blancos que la tierra ha teñido de marrón.

Como mínimo se necesitan dos personas para extraer la tierra que luego será inspeccionada cuidadosamente para encontrar las piedras. Uno de ellos desciende por el agujero, mientras que otro sube, con un cubo atado a una manivela, la tierra escarbada. En este caso, ha sido Cheik quien ha bajado hasta el fondo del agujero y pone la tierra en el cubo, mientras canta una canción entrecortada por las continuas toses. Kim, arriba, sube la «mercancía» y la desecha a un lado porque es inservible. «Hasta que no llegamos a los 10 metros no encontramos gemas», dice Kim.

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El peligroso oficio no les hace ricos, aunque les permite ganar más dinero que con la agricultura o pequeños negocios. Cada día pueden sacarse hasta 50.000 rieles diarios (unos 12,5 dólares), que reparten entre las 3 ó 4 personas que forman el grupo. Sin embargo, la tierra no es suya, sino del gobierno, así que a menudo tienen que salir corriendo con lo puesto cuando llega alguna inspección.

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De forma intermitente, llegan compradores desde Banlung, la capital de Ratanakiri, que inspeccionan las gemas, principalmente circonitas, y pequeñas cantidades de ópalos y cuarzo. Después del reconocimiento, empiezan las negociaciones para conseguir el mejor precio por cada una de las piezas. De momento, la exportación de las piedras es limitada, aunque la rápida introducción de compañías extranjeras en la región y en otras provincias del país hará aumentar rápidamente el negocio, al mismo tiempo que los precarios mineros se quedaran, probablemente, sin tierras que escarbar.

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2 comments
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  1. Como siempre, Laura, los posts de elaboración propia de tu blog son de lo mejor de la blogosfera asiática, muy interesantes. Este artículo y el de las mujeres de sal me gustaron mucho. Gracias por dar a conocer la cara más desconocida del sudeste.

    Saludos

  2. Muchas gracias por el comentario :D. Acabo de volver de Birmania, así que ahora tocará intensivo de allí. En breve os cuento!!