Camboya empieza a dar refugio a sus ancianos

12. septiembre 2013 | Por | Categoria: Camboya


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El Cambodia Retirement Village es el primer centro comunitario en Camboya que se ocupa de las personas mayores que están desamparadas.

A sus 83 años, la vejez no le había dado ninguna tregua a Pin Yon. Cada día tenía que levantarse al alba, intentar poner recta su encorvada espalda con la ayuda de un bastón y pasarse horas labrando el pequeño pedazo de tierra que había detrás de su casa para poder comer. En la empobrecida Camboya, sobrevivir en plenas facultades es difícil, hacerlo solo y aquejado de reuma y otras dolencias es casi imposible.

Cientos de miles de ancianos en Camboya viven de manera similar a la de Pin Yon o en condiciones aún peores. Las pensiones apenas existen, salvo para los antiguos militares y algunos afortunados más, y muchos son rechazados por sus familias cuando se convierten en una carga económica. Los desamparados llenan mercados y las calles más concurridas mendigando o vendiendo pequeños artículos para conseguir algo de dinero para comer.

Camboya es uno de los países más jóvenes de Asia. El brutal régimen comunista de los Jemeres Rojos que gobernó el país entre 1975 y 1979 dejó a su paso casi dos millones de muertos – de una población de 7 millones – y trastocó la pirámide demográfica. En 2008, año del último censo realizado en el país, más del 65 por ciento de la población tenía menos de 30 años. Pero también dejó a muchas personas sin una familia que pudiera ocuparse de ellas cuando los achaques de la vejez se hicieran insoportables. Las dificultades económicas han hecho el resto y muchos no pueden permitirse dar de comer a una boca improductiva o simplemente tienen que dejar el país para buscar trabajo a cientos de kilómetros.

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Pin Yon es uno de los residentes del Cambodian Retirement Village que acoge a ancianos desamparados en un pequeño pueblo de Camboya. /Laura Villadiego

Pin Yon fue afortunado. El polvoriento pueblo en el que vivía, Cham Bak, situado en el este de Camboya, era también la ciudad natal de Kim Vuthy, un joven que no era indiferente a su suerte. En 2008, Kim había conseguido un trabajo en la capital, Phnom Penh, pero volvía a menudo a ver a su familia. Eran los inicios de la crisis, que primero impactó en Estados Unidos y, como consecuencia, en Camboya, muy dependiente de las exportaciones de su industria textil al gigante americano. El poblado de poco más de mil habitantes se llenó entonces de ancianos mendigos que sobrevivían con una dieta a base de arroz y, a veces, vegetales. Y Kim decidió que aquellas personas merecían un refugio.

En noviembre de 2008 reunió apoyos y compró un pedazo de tierra para construir los edificios que albergarían las habitaciones y la cocina. El refugio abrió sus puertas casi tres años después bajo el nombre de Cambodian Retirement Village (“Pueblo camboyano para el Retiro”) y dio alojo a cinco ancianos; uno de ellos, Pin Yon, quien recibió junto a su mujer el cobijo que sus hijas no le habían dado. “En el centro tenemos comida y medicinas y no tenemos que preocuparnos de nada. Podemos descansar”, asegura el raquítico hombre con una sonrisa desdentada.

Lo más difícil fue convencer a los pocos más de mil habitantes de Cham Bak para que se implicaran en el mantenimiento del centro, con su propio trabajo y algunos donativos anuales.  “La idea es crear un modelo que luego se pueda exportar a otras comunidades y que sea sostenible por sí mismo”, asegura Kim. Los vecinos trabajan en los campos que pertenecen al refugio y a cambio reciben una pequeña porción de los beneficios. Otros, como Ray, aportan simplemente su trabajo voluntario en sus horas libres para hacer arreglos en el centro o limpiar las instalaciones. “A mí también me gustaría que alguien se ocupara de mí cuando sea mayor si mis hijos no pueden”, asegura el camboyano.

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Miles de ancianos se ven obligados a mendigar o a trabajar para subsistir en Camboya, un país en el que apenas existen pensiones o subsidios sociales

En un país tan pobre como Camboya, donde un tercio de la población vive con menos de dos dólares diarios, conseguir que un modelo social funcione de forma autogestionada es una proeza. El mismo Ray es un testimonio vivo de la dureza que se vive en el campo camboyano, con su cuerpo menudo, probablemente por la falta de alimentación adecuada, pero con los músculos bien curtidos y la piel quemada por las horas de trabajo bajo el sol. Por ello, desde el principio, el centro se apoyó en donantes internacionales, principalmente australianos, cuya aportación también se ha visto mermada por la crisis. Las dificultades económicas obligaron a Pin Yon y a otros tres de los ancianos a dejar temporalmente el refugio el año pasado cuando se acabó el dinero para la comida y a volver a la incertidumbre de no saber qué llevarse a la boca. Ahora han conseguido fondos para seguir funcionando unos meses más, pero el futuro del refugio sigue siendo incierto.

La situación de los ancianos ha ido atrayendo poco a poco la atención de la sociedad camboyana. Los primeros esfuerzos comenzaron con las organizaciones internacionales, como Help Age, que ha puesto en marcha 72 asociaciones para mayores en pueblos de las provincias de Battambang y Banteay Meanchey, al norte del país. Pero ahora las iniciativas parten de los ciudadanos de a pie o de personalidades destacadas como el cineasta Chhay Bora, director de la película “Lost Loves”, o el activista Srun Srorn, quienes han apadrinado en ambos casos a personas mayores sin recursos. La demografía obliga a ello; Camboya sigue siendo un país joven, pero el número de ancianos aumenta y se prevé que será el doble en tan sólo dos décadas. Y muchos quieren evitar que su propio futuro sea el mismo que el de los ancianos mendigos.

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