Camboya, un país con estres postraumático 40 años después de los Jemeres Rojos

7. mayo 2015 | Por | Categoria: Camboya, Destacados, Jemeres Rojos


jemeresrojos1 Camboya, un país con estres postraumático 40 años después de los Jemeres Rojos

Roeun Norn perdió a sus padres y a sus cuatros hermanas durante los Jemeres Rojos. Hoy apenas puede dormir y a menudo piensa en vengarse.

Artículo originalmente publicado en El Confidencial.

Roeun Kosal no puede dormir cuando llueve. El sonido rítmico de las gotas le devuelven a sus días como espía a cargo de los Jemeres Rojos; a las noches de monzón que tenía que pasar bajo el agua cuando sus ‘camaradas’ consideraban que no les había traído suficientes secretos. “Tenía que hacer como si jugaba con otros niños, hacer que me contaran cosas y luego informar a los jefes”, cuenta Kosal. Cuando le hicieron su primer encargo para espiar a los otros niños, Kosal tenía tan solo seis años.“Nadie se fiaba de nadie, todos sabíamos que nos espiábamos los unos a los otros”, cuenta.

Cuarenta años después, Kosal sigue sin fiarse de nadie. “No sé quién es quién, quién es malo, quién es bueno. No me siento seguro porque tal vez ellos [los Jemeres Rojos] están cerca de mí”, dice. Como tantos otros camboyanos, Kosal sufre un trastorno por estrés postraumático (TEPT), un trauma que según algunos estudios sufre hasta un 28 por ciento de los supervivientes del cruento régimen comunista que gobernó Camboya entre 1975 y 1979 y que provocó la muerte de al menos 1,7 millones de personas por el hambre, la extenuación, las enfermedades y las purgas políticas.

Su pesadilla comenzó hace (hoy) 40 años, el 17 de abril de 1975, el día en que los Jemeres Rojos entraron triunfantes en la capital del país, Phnom Penh, tras ganar una guerra civil con el gobierno que duró cinco años. Tras los primeros vítores de alegría, el desfile de soldados negros tornó sus fusiles contra los habitantes de la ciudad y les obligaron a salir de la ciudad. “Mis padres empezaron a recoger las cosas. Tuvimos que irnos andando. No teníamos comida, estaba hambriento”. Después de recorrer unos pocos kilómetros, los Jemeres Rojos llamaron a su padre para pedirle ayuda. Nunca más volvió a verlo. Poco después, su madre correría la misma suerte, mientras él era integrado en una de las unidades de espías que trabajaban para el Angkar, la enigmática organización que controlaba el país y que estaba liderada por Pol Pot.

La historia de Kosal no es muy diferente a la de los siete millones de camboyanos que se vieron atrapados en lo que el escritor y superviviente Pin Yathay llamó la “utopía asesina”. Tras la toma de Phnom Penh, los extranjeros fueron expulsados y las fronteras se cerraron a cal y canto para los demás. Todas las ciudades fueron evacuadas y los camboyanos fueron destinados a comunidades agrarias donde trabajaban desde el amanecer hasta el alba y donde la comida estaba fuertemente controlada y racionada. La mayoría sólo comía dos veces al día, casi siempre sopa de arroz con algunos vegetales y pescado seco. A pesar de las hambrunas, robar alimentos se pagaba con la vida.

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Roeun Kosal tenía seis años cuando fue separado de sus padres e integrado en una célula de espías al mando de los Jemeres Rojos.

Roeun Norn eran también una niña de 10 años cuando los Jemeres Rojos la sacaron de Pursat, la ciudad de provincia en la que vivía. Al día siguiente, sus padres fueron arrestados y nunca más volvió a verlos. Durante los siguientes años, la supervivencia fue su obsesión. Hoy lo sigue siendo. Norn sueña a menudo que alguien viene a matarla y que no puede escapar. La misma sensación de fatalidad que tenía durante los Jemeres Rojos. “Me destinaron a una unidad móvil. Un día me mandaron al bosque a recoger comida. Cuando volví, todos los demás estaban muertos. Si me hubiera quedado, yo sería uno de ellos”, recuerda Norn.

En las noches más dulces, Norn ve a sus padres, tumbados en el porche de su casa, como solían hacer antes de que los Jemeres Rojos los asesinaran. “No sé a dónde se los llevaron. Me dijeron que los habían matado, pero nunca vi sus cuerpos”, recuerda. “Cuando me lo dijeron, lloré y me arrestaron. Me dijeron que por qué lloraba por los enemigos del Angkar. Para salvar mi vida, les dije que si realmente eran enemigos yo misma los habría matado”, recuerda con los ojos mojados. Ellos no fueron los únicos familiares que perdió; sus cuatro hermanas también perecieron ante la sobrecarga de trabajo, la falta de comida y las enfermedades.

Los sueños la persiguen a menudo y la dejan tan exhausta, dice, que apenas puede trabajar. “No me puedo concentrar y las piernas no me responden por el cansancio”. Desde mayo de 2014, Norn visita con regularidad a un psicólogo que le ayuda a aliviar su ira. Pero sin mucho éxito. “Me quiero vengar. Me siento triste y enfadada. No había razón para matarlos, solo eran unos campesinos”, dice con ojos de rabia.

No hay consenso sobre cuál es el alcance del estrés post traumático en Camboya. Un estudio de 2001 (De Jong) determinó que un 28,4% de los camboyanos que habían vivido el régimen comunista sufrían de TEPT, una prevalencia mayor que en otros escenarios postbélicos como Kosovo (17,1% para los albanokosovares) o Guatemala. Estudios posteriores han reducido ese porcentaje, aunque la mayoría coincide en que aquellos que eran niños durante la época comunista, como Kosal y Norn, son los que sufren mayores consecuencias. “No ha habido muchas mejoras en la salud mental en Camboya porque no hay programas para ello y apenas hay psicólogos”, dice Youn Sarath, coordinador de programas del Transcultural Psychosocial Organization (TPO), la única organización del país que trata el problemas mentales en el país. Las consecuencias son la falta de sueño, la desconfianza, la apatía o el cansancio crónico, entre otros. Según la propia TPO, la experiencia vivida en los años 70 ha provocado ansiedad en un 40 por ciento de la población y varios estudios relacionan los episodios violentos que muchos camboyanos sufren con el sufrimiento vivido hace 40 años. “Tengo mucha rabia dentro que a veces es difícil de controlar, así que intento no relacionarme con gente a la que no conozco. Así me siento más seguro”, dice Kosal.

Entre los expertos hay además discrepancias sobre el impacto que ha tenido el tribunal camboyano que, con asistencia de Naciones Unidas, juzga desde 2009 los crímenes de los Jemeres Rojos. “En un principio supuso una válvula de escape para muchos. Pero la mayoría han perdido la confianza en el proceso”, afirma Youn, quien explica que la lentitud de los juicios, los casos de corrupción y el número limitado de líderes del régimen procesados ha llevado a muchos a cansarse de los juicios. El pasado mes de agosto, el tribunal pronunció su veredicto más importante contra los dos principales líderes aún vivos, Nuon Chea y Khieu Samphan, a los que condenó a cadena perpetua por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Pero para muchos, como Norn, no es suficiente: “Cadena perpetua está bien, pero yo lo que querría es que se murieran hoy mismo”.

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